PASEO DE FRANCIA DE DONOSTIA-SAN SEBASTIÁN. UN BUCÓLICO PASEO A ORILLAS DEL URUMEA.
El paseo de Francia de Donostia-San Sebastián, es uno de mis rincones favoritos de la ciudad.
Descubre su encanto y elegancia.
DESCUBRE EL PASEO DE FRANCIA EN SAN SEBASTIÁN
El sol empieza a desperezarse sobre el horizonte, tiñendo de dorado las calles de Donostia-San Sebastián y reflejándose en el río Urumea.
En esta ciudad donde la belleza se encuentra en cada rincón, el paseo de Francia se erige como un camino que invita a la contemplación y al deleite.
Caminar por aquí es sumergirse en una experiencia sensorial que combina la brisa marina, el murmullo de las hojas y el canto lejano de las gaviotas.
El paseo de Francia se extiende a lo largo del río Urumea, flanqueado por una doble hilera de tilos centenarios que susurran historias de antaño.
Sus cuidados jardines, con una superficie de 3.000 m² y sus bancos de madera invitan a hacer una pausa, a detenerse un momento y observar.
Cada paso que damos nos acerca no solo a la belleza del paisaje urbano, sino también a la esencia misma de esta ciudad que parece flotar entre montañas y mar.
A medida que avanzamos por el paseo, que se extiende desde el puente de María Cristina hasta el puente de Santa Catalina, el aroma a mar que llega de la desembocadura del Urumea, se mezcla con el fresco aroma de la tierra húmeda, creando una sinfonía olfativa que despierta nuestros sentidos.
Las flores que adornan el recorrido añaden toques de color, a las elegantes fachadas de los palacios que aquí se encuentran.
Los pasos de los paseantes resonando en el pavimento son parte de una danza lenta y armoniosa que lleva produciéndose desde hace décadas.
Y aunque son cientos de personas las que pasan por aquí a diario, muy pocas conocen la historia de este elegante paseo donostiarra.
Te invito a adentrarte en este rincón de San Sebastián rodeado de historia.
HISTORIA DEL PASEO DE FRANCIA
Los orígenes de este paseo se remontan a la inauguración de la Estación del Norte en 1864 en la margen derecha del río Urumea.
En un principio, la estación se encontraba unida al puente de Santa Catalina a través de una estrecha carretera que soportaba una gran afluencia de personas y vehículos, sobre todo los meses de verano.
En el año 1891 se acordó denominar a esta vía como paseo de la Estación.
Los años posteriores el ayuntamiento se propuso crear un paseo para facilitar el acceso a la estación, aunque por diversos problemas no pudo construirse.
Finalmente, hubo que esperar al encauzamiento del Urumea (entre el puente de Santa Catalina y Amara) para poder desviar parte del tráfico de la estación a través de una pasarela hasta la Plaza Bilbao.
No fue hasta el año 1907 que se construyó el lujoso e icónico puente de María Cristina, además del muro de contención del Urumea del actual paseo de Francia.
El terreno ganado al río tras el encauzamiento, fue urbanizado en el año 1910, construyéndose las señoriales villas que aún hoy se asoman orgullosas al paseo.
La carretera que quedó entre las villas y las vías del tren se denominó avenida de Francia, mientras que el terreno que quedó entre las villas y el río se llamó paseo de Francia.
Fue en la sesión de 3 de enero de 1913, en la que el pleno municipal acordó denominar paseo de Francia «para conmemorar la confraternidad que existe entre España y Francia y el profundo amor que profesa a San Sebastián la numerosa colonia Francesa«.
Un año después, se embelleció y ajardinó el paseo, convirtiéndose en el elegante paseo que seguimos disfrutando más de un siglo después.
LOS SECRETOS DEL PASEO DE FRANCIA
Una caminata por el paseo de Francia nos descubrirá varios secretos que se encuentran a la sombra de sus grandes tilos.
El primero de ellos se encuentra junto al petril del río, donde podremos ver la primera barandilla que adornó el paseo de la Concha y que fue sustituida por la icónica barandilla diseñada por Juan Rafael Alday y que se ha convertido en el símbolo de la ciudad.
Frente a la Estación del Norte, se abre una plazuela donde se encuentra una bonita fuente ornamental de mármol, adornadas con motivos frutales y niños jugando y que procede de la villa Eva Enea de Aiete.
En la otra punta, junto a la plaza de Euskadi, podremos admirar la escultura de las Bailarinas Danzantes, que en su origen se encontraba en el parque de Alderdi Eder.
Además, el paseo se haya adornado por varias fuentes Wallace de fundición, que embellecen aún más sus jardines.
Estas fuentes podremos encontrarlas en varias ciudades europeas como Londres, París o Madrid, y es que durante la segunda mitad del siglo XIX fueron muy populares.
¿Sabías que una de estas fuentes se encontraba en su origen en el paseo de la Concha?
En el paseo también existe una antigua columna que sirvió como fuente y que hoy día ya no mana agua.
Respecto a la arquitectura, nos llamará fuertemente la atención las siete grandes villas erigidas entre 1912 y 1935, entre las que destaca el antiguo palacio Vastameroli reconvertido actualmente en un hotel.
Este hermoso edificio fue obra del arquitecto Eduardo Lagarde y fue construido para Román de Lizarriturri, propietario de la fábrica de Jabones Lagarto que se encontraba en el Antiguo.
En su bella fachada, podremos ver el escudo de la familia Lizarriturri, así como una gran virgen y la inscripción «en la casa del que jura no faltará desventura«, frase tomada del libro Eclesiástico de la Biblia y que se puede ver en algunos edificios barrocos de la provincia.
Otro de los edificios icónicos del paseo es el situado en el número 14, el edificio donde se encontraba “les écoles Françaises” y que actualmente se encuentra el «colegio de médicos de Gipuzkoa».
CONCLUSIÓN
Así, concluyendo nuestro recorrido por el paseo de Francia, tomamos un último respiro lleno de gratitud por haber tenido el privilegio de pasear por esta ruta que entrelaza naturaleza y urbanismo, historia y modernidad.
Este rincón de Donostia nos dejará una huella imborrable en el corazón, y mientras caminamos de vuelta a nuestro hogar nos despedirá con la promesa de que siempre habrá un motivo para regresar y perdernos de nuevo en la belleza de Donostia.
Con cada paso, Donostia-San Sebastián nos recuerda que el viaje no siempre está en el destino, sino en la vivencia misma de cada instante.
Así es como un sencillo paseo puede convertirse en una experiencia inolvidable, y una postal imborrable del lugar donde el Urumea se funde con el Cantábrico.







