LA PALOMA DE LA PAZ. UNA ESCULTURA LLENA DE SIMBOLISMO FRENTE AL MAR
La Paloma de la Paz (Bakearen Usoa, en euskera) no es solo una escultura más de Donostia-San Sebastián, sino que pertenece a la historia viva de la ciudad.
Aunque suele quedar a la sombra de grandes iconos como el Peine del Viento de Eduardo Chillida o la Construcción Vacía de Jorge Oteiza, esta elegante figura blanca ha terminado conquistando un lugar muy especial en el corazón de las y los donostiarras.
No solo es una obra de arte; también es un símbolo de esperanza, memoria y convivencia.
Al final del paseo de la Zurriola, donde las últimas olas acarician la arena antes de encontrarse con las laderas del monte Ulia y la animada zona de Sagües, una inmensa paloma parece disponerse a emprender el vuelo.
Allí, con el Cantábrico como único horizonte, la escultura de Néstor Basterretxea nos recuerda que la paz también puede tener forma de viento.
HISTORIA DE LA PALOMA DE LA PAZ
La obra fue creada por el escultor vasco Néstor Basterretxea e inaugurada el 21 de diciembre de 1988, junto en el solar que ocupaba el antiguo Palacio del Kursaal.
Desde el primer momento, su silueta blanca se convirtió en una presencia inseparable del paisaje marítimo de Donostia.
Sin embargo, su historia no terminó allí.
Con el inicio de las obras del nuevo Palacio de Congresos Kursaal, la escultura fue trasladada al barrio de Amara, a la plaza Aita Donostia, junto al estadio de Anoeta.
Durante años permaneció alejada del mar, como un ave obligada a descansar lejos de la costa.
Pero las grandes obras siempre encuentran el camino de regreso.
En 2014, la Paloma de la Paz volvió a Gros para instalarse definitivamente frente al Cantábrico, cumpliendo el deseo de su creador: contemplar el mar en un espacio abierto donde la luz, el viento y las olas dialogan cada día con su figura.
Desde entonces, parece haber recuperado las alas que nunca dejó de tener.
DESCRIPCIÓN DE LA ESCULTURA
Autor: Néstor Basterretxea.
Altura: 7 metros.
Anchura: 9 metros.
Peso: 4 toneladas.
Material: hierro recubierto de poliéster blanco.
Sus líneas limpias y su color blanco contrastan con el azul del mar y el verde del monte Ulia, creando una imagen de enorme fuerza visual.
Dependiendo de la hora del día, la luz transforma la escultura: al amanecer parece despertar con los primeros rayos del sol; al atardecer, el cielo la envuelve en tonos dorados y rosados, convirtiéndola en uno de los rincones más especiales de la ciudad.
UN SÍMBOLO QUE SIGUE MIRANDO AL MAR
Más que una escultura, la Paloma de la Paz representa un deseo compartido.
Basterretxea quiso convertir el símbolo universal de la paloma en un homenaje permanente a la paz, la libertad y la convivencia, un mensaje que sigue tan vigente hoy como el día en que fue inaugurada.
Quizá por eso emociona tanto detenerse unos minutos frente a ella.
Mientras el viento sopla desde el Cantábrico y las olas rompen junto al paseo de la Zurriola, resulta fácil comprender que algunas obras no solo decoran un lugar: cuentan la historia de una ciudad y de quienes nunca dejaron de creer en un futuro mejor.
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Y allí continúa, desplegando sus alas frente al mar, como si cada amanecer estuviera a punto de emprender un nuevo vuelo sobre el mar.




