EL BALNEARIO DE ZESTOA. UN VIAJE A LOS ORÍGENES DEL TERMALISMO VASCO
En el corazón de Gipuzkoa, rodeado de verdes montañas y del paisaje sereno del valle del Urola, se encuentra el balneario de Zestoa, también conocido históricamente como Casa de baños de Cestona.
Un establecimiento que nos invita a viajar hasta los orígenes del turismo termal en el País Vasco y a descubrir una historia apasionante, protagonizada por nobles, ilustrados, empresarios y viajeros que encontraron en sus aguas una oportunidad para cambiar sus vidas.
Porque mucho antes de que los viajes de bienestar se convirtieran en una tendencia, Zestoa ya recibía a quienes deseaban alejarse de la rutina y entregarse a los beneficios de sus aguas minerales.
EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA FORMA DE VIAJAR
Para comprender la importancia del balneario de Zestoa debemos viajar hasta la Europa del siglo XVIII, cuando comenzó a extenderse una nueva costumbre entre las clases acomodadas: acudir a establecimientos termales para disfrutar de las propiedades de sus aguas.
Inglaterra fue uno de los grandes escenarios de este fenómeno, que durante el siglo XIX se extendió por otros países europeos como Francia y Suiza, dando lugar a una nueva forma de entender los viajes y el tiempo libre.
En España, la expansión del termalismo estuvo impulsada por la influencia de las casas reales europeas y por el interés de los médicos en estudiar las propiedades de las aguas minerales.
Los análisis químicos y las recomendaciones terapéuticas contribuyeron a despertar el interés por estos establecimientos, que pronto comenzaron a atraer a visitantes de diferentes procedencias.
Los balnearios dejaron de ser simples casas de baños para convertirse en lugares de encuentro, descanso y vida social.
Y fue precisamente en aquel contexto cuando surgió el proyecto que acabaría convirtiendo a Zestoa en uno de los grandes referentes históricos del termalismo vasco.
La historia comenzó en un pequeño manantial conocido como Guesalaga, cuyas aguas despertaron el interés de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.
Aquella iniciativa ilustrada sería el punto de partida de una aventura que, entre dificultades, inversiones y sucesivas transformaciones, lograría sobrevivir durante siglos.
VICENTE DE LILI Y LOS PRIMEROS BAÑOS DE 1776
A diferencia de otros establecimientos termales españoles, cuyo nacimiento estuvo vinculado a la iniciativa de la Corona, el balneario de Zestoa surgió gracias al impulso de la iniciativa privada.
Su primer gran protagonista fue Vicente de Lili, fundador y tesorero de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, quien comunicó a esta institución el descubrimiento del manantial de Guesalaga.
Convencido de las posibilidades de aquellas aguas, en 1775 presentó un proyecto para construir una casa de baños.
Tras acreditar la propiedad de los terrenos y obtener el permiso municipal, comenzaron las obras de un establecimiento que supondría una auténtica novedad en el territorio.
La inversión ascendió a 16.471 reales y, finalmente, el 28 de octubre de 1776, la pequeña casa de baños abrió sus puertas.
Aquel modesto edificio representó mucho más que una instalación destinada al baño. Fue la primera gran apuesta por el termalismo en el País Vasco y el comienzo de una nueva actividad económica vinculada a la salud y al turismo.
Sin embargo, las instalaciones distaban mucho de la imagen que hoy asociamos a los grandes balnearios históricos. Eran unos baños sencillos, con recursos limitados y escasas posibilidades para acoger a un número importante de visitantes.
El proyecto había nacido, pero todavía necesitaba algo fundamental para crecer: una inversión capaz de transformar aquella pequeña iniciativa en un verdadero establecimiento termal.
EL MARQUÉS DE SAN MILLÁN Y LA TRANSFORMACIÓN DE GUESALAGA
Los problemas económicos comenzaron pronto a amenazar el futuro de la casa de baños.
Vicente de Lili carecía de los recursos necesarios para mejorar las instalaciones y, en 1780, el marqués de San Millán solicitó al Consejo de Castilla que se obligase al propietario a introducir las mejoras que el establecimiento necesitaba.
De no hacerlo, el propio marqués estaba dispuesto a hacerse cargo de su explotación.
La situación se complicó con el interés del Ayuntamiento de Zestoa por gestionar el manantial y con las dificultades económicas que atravesaba la propia villa.
A todo ello se sumaron los daños ocasionados durante la Guerra de la Convención, que afectaron a las propiedades de Lili y agravaron su situación financiera.
El estado de los baños debió de ser bastante precario. En 1797, el escritor y político Gaspar Melchor de Jovellanos visitó el lugar y describió unas pequeñas albercas al aire libre que se encontraban en malas condiciones.
Aquel testimonio nos permite imaginar un establecimiento todavía muy alejado del esplendor que alcanzaría décadas después.
Finalmente, Vicente de Lili terminó vendiendo sus derechos y propiedades al marqués de San Millán, quien consiguió hacerse con el terreno y los baños en los primeros años del siglo XIX.
La llegada de este poderoso noble guipuzcoano marcó un antes y un después en la historia del balneario.
En 1804 obtuvo autorización para construir una nueva casa de baños y, para la temporada de 1807, el edificio estaba terminado.
La inversión fue extraordinaria para la época: el marqués declaró haber gastado unos 60.000 pesos, equivalentes aproximadamente a 900.000 reales.
Aquella cantidad permitió transformar por completo el establecimiento. El pequeño proyecto de Vicente de Lili comenzaba a convertirse en un auténtico balneario, capaz de atraer a una clientela cada vez más interesada en las propiedades de sus aguas.
ENTRE GUERRAS Y NUEVAS REFORMAS
El camino hacia el esplendor no fue sencillo.
La Guerra de la Independencia volvió a alterar la tranquilidad del valle del Urola.
El paso y la presencia de tropas francesas por el territorio afectaron gravemente a la actividad económica y también al funcionamiento del establecimiento.
El marqués de San Millán no gestionaba directamente los baños, sino que los arrendaba a otras personas.
En 1809, el negocio quedó en manos de Ramón Lizaso y de su esposa, María Catalina Zubizarreta, quienes se encargaron de su explotación durante varios años.
Pese a las dificultades, el balneario continuó evolucionando.
En 1822 se construyó una nueva casa de baños bajo la dirección de Pedro Manuel de Ugartemendía, arquitecto al que debemos buena parte de la reconstrucción de San Sebastián después de la destrucción de 1813 y la configuración de la actual Parte Vieja donostiarra.
Las obras continuaron durante 1826 y 1827, elevando la inversión acumulada a más de un millón de reales.
Zestoa comenzaba a consolidarse como un destino termal de referencia, aunque las mejoras arquitectónicas no siempre fueron acompañadas de una gestión satisfactoria.
Las quejas sobre la limpieza, la alimentación y la organización de los servicios provocaron nuevos desencuentros entre los propietarios y los arrendatarios, que terminaron abandonando el establecimiento.
Pero aquella historia todavía guardaba un capítulo inesperado.
CATALINA ZUBIZARRETA Y LA PRIMERA GRAN DISPUTA EMPRESARIAL
Lejos de abandonar el negocio termal, Catalina Zubizarreta decidió emprender una nueva aventura.
Tras dejar la gestión de los baños, abrió su propia casa de huéspedes en las proximidades del balneario. Una decisión que, aunque hoy pueda parecernos natural, provocó un importante conflicto con los marqueses de San Millán.
Los propietarios consideraban que la nueva hospedería podía perjudicar sus ingresos. Al fin y al cabo, los visitantes podían alojarse en casa de Catalina y acudir igualmente a disfrutar de las aguas de Guesalaga.
Los marqueses pretendían que quienes se alojasen fuera del establecimiento principal pagasen tarifas más elevadas por utilizar los baños.
Catalina se opuso a aquella medida y defendió su derecho a desarrollar su propio negocio.
El conflicto llegó hasta las autoridades provinciales, que intervinieron para establecer unas tarifas comunes, de manera que los bañistas pagasen lo mismo con independencia del lugar donde se alojasen.
La disputa no se limitó a una cuestión de precios. También puso sobre la mesa un asunto de gran importancia para la época: quién tenía autoridad para regular el funcionamiento de un establecimiento privado y hasta dónde podían llegar las restricciones impuestas a otros empresarios.
Los representantes de los marqueses cuestionaron las competencias del corregidor de Gipuzkoa y plantearon que sus decisiones podían vulnerar los fueros provinciales.
La Diputación Foral estudió el asunto y algunos de sus asesores defendieron la autonomía de Gipuzkoa y la conveniencia de permitir la competencia entre establecimientos.
Finalmente, en 1829, el Consejo de Castilla aprobó un reglamento provisional que mantenía las tarifas comunes.
Los intentos posteriores de limitar el alojamiento de los bañistas fuera del establecimiento principal provocaron nuevas protestas de Catalina, del Ayuntamiento y de la Diputación, hasta que se restableció el reglamento original.
Aquella controversia dejó una huella importante en la historia de Zestoa: el negocio termal no tenía por qué beneficiar exclusivamente a los propietarios de los baños. También podía convertirse en una oportunidad para otros empresarios y para la economía de la villa.
LA VISITA DE LA FAMILIA REAL Y LA FAMA DEL BALNEARIO DE ZESTOA
Mientras el balneario trataba de superar sus dificultades, su reputación continuaba creciendo.
En julio de 1830, el establecimiento recibió la visita del infante Francisco de Paula Antonio, hermano de Fernando VII, acompañado de su esposa y de sus seis hijos.
La presencia de miembros de la familia real contribuyó a reforzar el prestigio de Guesalaga y a situar el balneario entre los destinos termales de mayor relevancia del territorio.
Imaginemos por un instante aquellos días de verano, cuando la llegada de una familia de la realeza debió de alterar el ritmo habitual de la pequeña localidad.
Los preparativos, las conversaciones y la curiosidad de los vecinos formarían parte de una estampa muy diferente a la que hoy conocemos.
El termalismo vasco vivía, además, un momento de expansión. En 1827 había abierto sus puertas el balneario de Santa Águeda, por lo que Zestoa ya no estaba solo en aquella incipiente industria.
Sin embargo, una nueva guerra volvería a interrumpir la tranquilidad de los baños.
El estallido de la Primera Guerra Carlista frenó nuevamente la actividad termal y obligó al establecimiento a atravesar otro periodo de incertidumbre.
Una vez más, el futuro del balneario dependería de su capacidad para adaptarse a los nuevos tiempos.
LA FAMILIA ECHAIDE Y EL NACIMIENTO DEL GRAN HOTEL
A mediados del siglo XIX, el balneario de Zestoa entró en una nueva etapa.
En 1854, José Domingo Echaide adquirió el establecimiento por 1.400.000 reales. Bajo la dirección de la familia Echaide, los baños recuperaron su dinamismo y comenzaron a experimentar un nuevo periodo de esplendor.
El termalismo estaba cambiando.
Los establecimientos ya no eran únicamente lugares donde acudir por recomendación médica.
Cada vez más visitantes buscaban en ellos una experiencia completa, donde los tratamientos termales se combinaran con el descanso, la conversación, los paseos y la vida social.
Los propietarios comprendieron que el futuro de los balnearios pasaba por ofrecer mucho más que unas instalaciones para tomar las aguas.
Y así llegó una de las grandes transformaciones de la historia de Zestoa.
En octubre de 1893 comenzaron las obras del Gran Hotel, que finalizaron en 1895. Un edificio espléndido que simbolizaba las nuevas aspiraciones del establecimiento y la importancia que había adquirido el turismo termal en Gipuzkoa.
El Gran Hotel representaba una nueva forma de viajar: una estancia prolongada en un entorno natural, con servicios de alojamiento y espacios destinados al descanso y a la convivencia.
Así se hizo eco la prensa de la inauguración del Gran Hotel:
ESTABLECIMIENTO DE BAÑOS DE CESTONA
El nuevo Gran Hôtel acaba de inaugurarse y está construido con todas los adelantos modernos.
Las aguas de este balneario se descubrieron y comenzaron a usarse en 1760, emergiendo de una roca caliza, en dos manantiales en dirección ascendente y por separado, con diferente temperatura.
Son claras, trasparentes, desprenden abundantes burbujas de ázoe y contienen en suspensión unos cuerpos amorfos de color ocráceo, de peso inferior al de las aguas; siendo la densidad de estas 1,0064 y 1,0221,
con temperatura constante de 27º y 31º respectivamente.
El caudal de aguas es abundantísimo y permanente, siendo superiores a las análogas del extranjero, donde han sido premiadas con medallas de honor y de oro en varias exposiciones.
REVISTA BASCONGADA
La inversión necesaria para levantar semejante edificio debió de ser considerable. Quizás por ello, al comenzar el siglo XX, la familia Echaide decidió desprenderse del negocio.
El establecimiento pasó entonces a manos de la sociedad anónima Aguas y Balneario de Cestona, constituida en San Sebastián con un capital de cuatro millones de pesetas.
Con aquella operación, el balneario entraba en una nueva etapa empresarial y se preparaba para afrontar los desafíos de un siglo que traería importantes cambios en la forma de entender la salud, los viajes y el ocio.
EL BALNEARIO DE ZESTOA EN EL SIGLO XX
Durante el siglo XIX, Gipuzkoa llegó a contar con once establecimientos termales, reflejo del enorme desarrollo que había experimentado esta actividad.
Sin embargo, los avances de la medicina, la transformación de las costumbres y el auge de los baños de mar comenzaron a modificar las preferencias de los viajeros.
Los balnearios marítimos ofrecían nuevas formas de ocio y descanso, mientras que los tratamientos médicos evolucionaban y reducían progresivamente la dependencia de las antiguas curas termales.
A finales del siglo XIX comenzaron a cerrar algunos establecimientos gipuzkoanos.
La tendencia continuó durante las décadas siguientes, hasta que el balneario de Cestona quedó como el único superviviente de aquella red de once centros termales.
El termalismo había sido uno de los grandes fenómenos turísticos del siglo XIX, pero el siglo XX traía consigo nuevas formas de viajar.
Zestoa, sin embargo, logró resistir.
Su historia no terminó con el declive de los antiguos balnearios. Al contrario, el establecimiento continuó adaptándose a las necesidades de cada época, manteniendo viva una tradición que había comenzado más de dos siglos atrás.
ZESTOA EN LA ACTUALIDAD. UN REFUGIO ENTRE MONTAÑAS
El balneario de Zestoa continúa siendo uno de esos lugares donde la historia y el paisaje se dan la mano.
Situado en un entorno natural privilegiado, el establecimiento ha atravesado numerosas transformaciones, desde las pequeñas albercas de sus primeros años hasta las instalaciones de un gran complejo termal.
Las graves inundaciones de 1983 marcaron un nuevo punto de inflexión en su trayectoria y dieron paso a una profunda renovación de sus servicios e instalaciones.
El balneario incorporó nuevas técnicas hidroterápicas y balnearias, adaptándose a las exigencias del turismo de bienestar contemporáneo.
Su oferta llegó a incluir 130 habitaciones, un gran comedor, un salón teatro, un comedor de caza, un comedor árabe y un amplio salón social, todo ello rodeado de jardines.
Una imagen muy distinta de aquellas primeras casas de baños del siglo XVIII, pero unida a ellas por un mismo elemento: las aguas de Guesalaga y la voluntad de convertirlas en el centro de una experiencia de descanso.
Para el viajero que se acerca hasta Zestoa, el balneario representa también una oportunidad para descubrir un rincón de Gipuzkoa donde la naturaleza, la arquitectura y la memoria histórica forman parte de un mismo paisaje.
CONCLUSIÓN.
La historia del balneario de Zestoa es, en realidad, la historia de una manera de viajar que cambió con el paso de los siglos.
Todo comenzó con la iniciativa de Vicente de Lili, que supo reconocer las posibilidades de un manantial y puso en marcha una pequeña casa de baños.
Después llegó el marqués de San Millán, cuya inversión permitió transformar aquel proyecto en un establecimiento de mayor envergadura.
Las disputas empresariales protagonizadas por Catalina Zubizarreta mostraron que el termalismo podía generar nuevas oportunidades económicas para la localidad.
Las visitas de personajes ilustres y de miembros de la familia real contribuyeron a reforzar su prestigio, mientras que las sucesivas reformas y la construcción del Gran Hotel reflejaron la transformación de los balnearios en centros de descanso y vida social.
Pero, por encima de todo, Zestoa representa la capacidad de un lugar para reinventarse sin perder sus raíces.
Cuando paseamos por sus alrededores, podemos imaginar aquellos primeros viajeros que llegaban hasta el valle en busca de las propiedades de sus aguas, los nobles que prolongaban sus estancias durante el verano y los empresarios que soñaban con convertir una pequeña casa de baños en un gran establecimiento termal.
Hoy, más de dos siglos después de su apertura, aquella aventura sigue formando parte de la memoria de Gipuzkoa.
El balneario de Zestoa es mucho más que un antiguo establecimiento termal. Es un pedazo de la historia del turismo vasco, un lugar donde el agua, el paisaje y el paso del tiempo nos invitan a detenernos y a viajar, aunque solo sea por un instante, a otra época.






